Tuesday, November 26, 2019

«Capitalismo» y «justicia social»: dos casos de envenenamiento del lenguaje

El siguiente texto que compartiré es obra de Axel Kaiser, extraido de su libro La Fatal Ignorancia.

Hemos visto que lo más peligroso de las manipulaciones del lenguaje es que estas, al modifi car la forma en que las personas entienden la realidad, son capaces de transformarse en una letal arma política que pone en riesgo el bienestar de las sociedades. Es lo que pasa con el concepto de «justicia social», arma fundamental en el discurso político de izquierda y que en Chile se ha instalado de forma transversal. Veamos cómo opera.

Cuando hablan de justicia social, los progresistas quieren decir una cosa bastante defi nida y clara: redistribuir la riqueza. Ellos asumen que es injusto que haya desigualdad de ingresos y por eso dicen que hay que redistribuir. Aunque a algunos les parezca medianamente razonable a primera vista, la verdad es que esto no resiste el menor análisis. Primero porque es imposible saber dónde está el límite entre lo socialmente justo e injusto. ¿Es injusto que un futbolista que apenas sabe hablar gane quinientas veces más que un profesor de colegio? ¿Le quitamos por la fuerza al futbolista entonces y le damos al profesor? ¿Cuánto sería «justo» quitarle, 10%, 30% o 70%? ¿No será que el futbolista gana lo que gana porque millones de personas, actuando libremente, han decidido ver los partidos de su equipo, comprar sus camisetas, escoger las marcas que este promociona, etc.? Y si el ingreso del futbolista se debe a que millones de personas que ni se conocen entre sí, han decidido libremente reconocer su talento y esfuerzo pagando por la satisfacción que les produce su trabajo de futbolista, ¿se puede realmente decir que es «injusto» lo que gana? Obviamente no.

Llevemos ahora la máxima de la justicia social a nivel humanitario y preguntémonos lo siguiente: ¿es justo que haya países ricos y países pobres? No, va a contestar un progresista, no es justo; por lo tanto, los países ricos tienen que darle dinero a los pobres. Hasta ahí llegan. Pero si usted tiene la oportunidad lleve a un progresista más allá y pregúntele si estaría dispuesto a proponer que Chile destine un tercio de lo que produce para donarlo a Haití. ¿Y por qué no? Al lado de Haití, Chile es un país riquísimo. Si se le exige al rico dentro de Chile que le de al pobre, ¿por qué Haití no le puede exigir a Chile que le dé? ¿Acaso los pobres de allá no merecen justicia social?

Como puede ver, el eslogan de justicia social no tiene sentido, es un concepto vacío. Y lo es porque cuando hablamos de justicia siempre nos referimos a una conducta humana voluntaria. Es justo que yo respete la propiedad de otro y es injusto que otro no respete la mía. Pero no es injusto si un terremoto destruye mi propiedad, de eso ciertamente no puedo culpar a nadie. La justicia es ante todo una entidad moral que pretende orientarnos acer ca de nuestro deber para con los demás. Será injusto el que obre perjudicando a un tercero, pero no puede ser injusto algo que no se sigue de la voluntad humana. En consecuencia, no es injusto que haya personas que nacen con enfermedades o en desventaja económica, por ejemplo, pues en ninguna de esas situaciones ha intervenido la voluntad humana. Aquí llegamos a la esencia del problema: los socialistas intentan hacer parecer que la desigualdad de ingresos es injusta, y como la justicia implica voluntad humana, entonces tiene que haber responsables —los ricos— y víctimas de la injusticia —los pobres—. Teniendo claro lo anterior, ahora se requiere de un juez para que «corrija» la injusticia. La pregunta cae de cajón: ¿Quién es el juez de la justicia social? ¿Quién es el súper iluminado que determinará para to dos cuánto es justo que gane y cuánto que entregue? El gobierno, obviamente. Son los burócratas de turno, siempre tan iluminados y decentes, a quienes toca decidir lo que es justo. De esta forma, es la autoridad la encargada de determinar lo que se considera justo o injusto en cuanto a distribución de bienes y de imponer dicho plan de distribución al resto de los individuos. Esto último plantea un problema adicional que normalmente pasa desapercibido a pesar de su gravedad: en la base de la justicia social se encuentra la coerción, es decir, el uso de la vio lencia. Porque para quitarle a usted y darle a otro el gobierno claramente lo tiene que hacer por la fuerza; si usted no cumple, le pasan multas o lo meten preso. Por lo tanto, no le queda más opción que someterse a los dictados de la autoridad, perdiendo así no solo su dinero y, en consecuencia, el tiempo que invirtió para obtenerlo, sino la posibilidad misma de elegir; es decir, su libertad. 

Lo que los progresistas de izquierda no entienden es que la justicia social o distributiva tenía sentido en pequeñas comunidades primitivas en que los miembros se encontraban completamente subordinados en su actuar al interés común y, por tanto, carecían de toda libertad.

De hecho, como explica Hayek, los impulsos emocionales que hasta hoy nos llevan a considerar injusta una repartición desigual de la riqueza son reminiscencias del período primitivo en que los hombres formaban pequeñas bandas de cazadores recolectores y que distribuían de manera igualitaria el resultado de lo obtenido en las excursiones de caza y recolección. Para lograr esta distribución equitativa había una autoridad, un jefe, que se encargaba de distribuir cubriendo las necesidades de los miembros de la banda. Todo esto, desde luego, dejó progresivamente de existir con el surgimiento de la civilización, la agricultura y el comercio en ciudades cada vez más grandes y globalizadas. Entonces la distribución de bienes que antes era realizada por una autoridad que gobernaba grupos de un par de decenas de personas, se vio reemplazada evolutivamente por el mercado, que surge de la libre interacción de los individuos logrando un alcance y potencial creador de riqueza y bienestar nunca antes visto. Pero incluso en el caso de tribus primitivas es discutible que haya existido una distribución «justa» de los alimentos y demás bienes de subsistencia, pues nada impedía al jefe tribal benefi ciar a unos más que a otros.  

La justicia social violenta directamente las fuerzas impersonales del mercado y por tanto la libertad. Dado que el mercado no responde a un plan deliberado sino a fuerzas espontáneas que no son organizadas de mane ra consciente, los resultados que este produce solo pueden ser justos. Pero si usted mete la justicia social entre medio, además de la imposibilidad de defi nir lo que es justo y de que tenderá que usar la fuerza para imponerlo, pasa algo peor. Cuando la autoridad tenga que decidir a quién toca qué cosa, ¿a quién cree usted que va a privilegiar? Pues obviamente a aquellos grupos de interés lo sufi cientemente poderosos como para asegurarle su permanencia en el poder. ¿O vamos a creer en la infi nita sabiduría, bondad e imparcialidad de políticos y burócratas? Los gobiernos tienden a satisfacer, es cudados en el slogan de la justicia social, a grupos de interés en perjuicio del resto de la sociedad Así, este proceso transformador del orden social inspirado en el espejismo de la justicia social está lejos de lograr lo que cabría esperar: «El pueblo, en la seguridad de que cabe alcanzar algo parecido a la justicia social, ha otorgado a los gobiernos poderes que estos no pueden negarse a utilizar en la satisfacción de las aspiraciones de un número siempre creciente de intereses particulares que, a su vez, han aprendido a utilizar el sésamo de la justicia social».

De este modo vemos cómo el concepto de «justicia social» y las pretensiones del socialismo, de una parte carecen de signifi cado en sociedades modernas en que la distribución de bienes es consecuencia de las transacciones de millones de personas actuando libremente, y de otra, sirven para incrementar el poder de los gobiernos y de grupos de interés en perjuicio del resto de los miembros de una sociedad. 

Otro caso emblemático del uso de palabras como arma política ha ocurrido con el concepto «capitalismo». Según Hayek, este solo fue equiparado con la antítesis del socialismo a partir de 1902, año en que se publicó la revolucionaria obra de Werner Sombart Der Moderne Kapitalismus. En ella el concepto se identifi có por primera vez con los intereses de los poseedores del capital supuestamente contrarios a los del proletariado. Se incorporó así en un solo concepto la idea de lucha de clases. Esta tergiversación del término capitalismo fue nefasta, levantando una profunda animadversión entre quienes eran en realidad sus principales benefi ciarios, a saber, los pertenecientes al proletariado. La idea del antagonismo esencial de intereses, carente de todo fundamento, prendió y se generalizó en el mundo con tal potencia que, aun después de la Guerra Fría, en pleno siglo XXI, el término mantiene una universal connotación de inmoralidad a pesar de su rotundo éxito en mejorar las condiciones de vida de las masas, particularmente de los más pobres. 

Esto nos lleva de regreso a la forma en que opera el lenguaje en nuestra representación y juicios sobre la realidad. Recapitulemos el proceso: una vez incorporado como categoría de representación de la realidad, la carga semántica del concepto «capitalismo», es decir, las ideas comprendidas en él, hacen su trabajo contribuyendo a defi nir en una determinada dirección la interpretación de la realidad de quienes lo han incorporado; en este caso, de los proletarios. 

Utilicemos una imagen del politólogo italiano Giovani Sartori para explicar el fenómeno que venimos describiendo. Dice Sartori, dejando en evidencia la táctica progresista que relataba Althusser y que sin duda resulta ampliamente aplicable a las manipulaciones ideológicas del lenguaje:
El marxismo es como un par de gafas, o mejor aún, como unos anteojos: hace ver el mundo tal y como lo fi ltran sus a priori. Y el hecho es que las gafas marxistas viajan junto a la terminología marxista con el vocabulario del marxismo. Mientras sigamos diciendo, por ejemplo, democracia «capitalista», la democracia será entendida, y mal entendida como un sistema de dominio económico y no como una estructura política. Del mismo modo, mientras sigamos diciendo democracia «burguesa», continuaremos viendo por todos lados cla ses y siniestros intereses de clase, y no veremos to das las demás cosas que comporta la democracia. Y así indefinidamente.
Difícilmente puede explicarse de manera más clara cómo las ideas que defi nen nuestras representaciones mentales pueden desfi gurar la percepción que tenemos de la realidad. Las ideas y los conceptos que las comprenden funcionan como gafas que pueden ser más o menos ajustadas a la verdad. Esto conlleva el riesgo de que aun cuando la realidad indique una cosa, la interpretación a través de las ideas instaladas puede oponerse absolutamente a ella generando consecuencias transformadoras desastrosas. 

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