Tuesday, November 26, 2019

«Capitalismo» y «justicia social»: dos casos de envenenamiento del lenguaje

El siguiente texto que compartiré es obra de Axel Kaiser, extraido de su libro La Fatal Ignorancia.

Hemos visto que lo más peligroso de las manipulaciones del lenguaje es que estas, al modifi car la forma en que las personas entienden la realidad, son capaces de transformarse en una letal arma política que pone en riesgo el bienestar de las sociedades. Es lo que pasa con el concepto de «justicia social», arma fundamental en el discurso político de izquierda y que en Chile se ha instalado de forma transversal. Veamos cómo opera.

Cuando hablan de justicia social, los progresistas quieren decir una cosa bastante defi nida y clara: redistribuir la riqueza. Ellos asumen que es injusto que haya desigualdad de ingresos y por eso dicen que hay que redistribuir. Aunque a algunos les parezca medianamente razonable a primera vista, la verdad es que esto no resiste el menor análisis. Primero porque es imposible saber dónde está el límite entre lo socialmente justo e injusto. ¿Es injusto que un futbolista que apenas sabe hablar gane quinientas veces más que un profesor de colegio? ¿Le quitamos por la fuerza al futbolista entonces y le damos al profesor? ¿Cuánto sería «justo» quitarle, 10%, 30% o 70%? ¿No será que el futbolista gana lo que gana porque millones de personas, actuando libremente, han decidido ver los partidos de su equipo, comprar sus camisetas, escoger las marcas que este promociona, etc.? Y si el ingreso del futbolista se debe a que millones de personas que ni se conocen entre sí, han decidido libremente reconocer su talento y esfuerzo pagando por la satisfacción que les produce su trabajo de futbolista, ¿se puede realmente decir que es «injusto» lo que gana? Obviamente no.

Llevemos ahora la máxima de la justicia social a nivel humanitario y preguntémonos lo siguiente: ¿es justo que haya países ricos y países pobres? No, va a contestar un progresista, no es justo; por lo tanto, los países ricos tienen que darle dinero a los pobres. Hasta ahí llegan. Pero si usted tiene la oportunidad lleve a un progresista más allá y pregúntele si estaría dispuesto a proponer que Chile destine un tercio de lo que produce para donarlo a Haití. ¿Y por qué no? Al lado de Haití, Chile es un país riquísimo. Si se le exige al rico dentro de Chile que le de al pobre, ¿por qué Haití no le puede exigir a Chile que le dé? ¿Acaso los pobres de allá no merecen justicia social?

Como puede ver, el eslogan de justicia social no tiene sentido, es un concepto vacío. Y lo es porque cuando hablamos de justicia siempre nos referimos a una conducta humana voluntaria. Es justo que yo respete la propiedad de otro y es injusto que otro no respete la mía. Pero no es injusto si un terremoto destruye mi propiedad, de eso ciertamente no puedo culpar a nadie. La justicia es ante todo una entidad moral que pretende orientarnos acer ca de nuestro deber para con los demás. Será injusto el que obre perjudicando a un tercero, pero no puede ser injusto algo que no se sigue de la voluntad humana. En consecuencia, no es injusto que haya personas que nacen con enfermedades o en desventaja económica, por ejemplo, pues en ninguna de esas situaciones ha intervenido la voluntad humana. Aquí llegamos a la esencia del problema: los socialistas intentan hacer parecer que la desigualdad de ingresos es injusta, y como la justicia implica voluntad humana, entonces tiene que haber responsables —los ricos— y víctimas de la injusticia —los pobres—. Teniendo claro lo anterior, ahora se requiere de un juez para que «corrija» la injusticia. La pregunta cae de cajón: ¿Quién es el juez de la justicia social? ¿Quién es el súper iluminado que determinará para to dos cuánto es justo que gane y cuánto que entregue? El gobierno, obviamente. Son los burócratas de turno, siempre tan iluminados y decentes, a quienes toca decidir lo que es justo. De esta forma, es la autoridad la encargada de determinar lo que se considera justo o injusto en cuanto a distribución de bienes y de imponer dicho plan de distribución al resto de los individuos. Esto último plantea un problema adicional que normalmente pasa desapercibido a pesar de su gravedad: en la base de la justicia social se encuentra la coerción, es decir, el uso de la vio lencia. Porque para quitarle a usted y darle a otro el gobierno claramente lo tiene que hacer por la fuerza; si usted no cumple, le pasan multas o lo meten preso. Por lo tanto, no le queda más opción que someterse a los dictados de la autoridad, perdiendo así no solo su dinero y, en consecuencia, el tiempo que invirtió para obtenerlo, sino la posibilidad misma de elegir; es decir, su libertad. 

Lo que los progresistas de izquierda no entienden es que la justicia social o distributiva tenía sentido en pequeñas comunidades primitivas en que los miembros se encontraban completamente subordinados en su actuar al interés común y, por tanto, carecían de toda libertad.

De hecho, como explica Hayek, los impulsos emocionales que hasta hoy nos llevan a considerar injusta una repartición desigual de la riqueza son reminiscencias del período primitivo en que los hombres formaban pequeñas bandas de cazadores recolectores y que distribuían de manera igualitaria el resultado de lo obtenido en las excursiones de caza y recolección. Para lograr esta distribución equitativa había una autoridad, un jefe, que se encargaba de distribuir cubriendo las necesidades de los miembros de la banda. Todo esto, desde luego, dejó progresivamente de existir con el surgimiento de la civilización, la agricultura y el comercio en ciudades cada vez más grandes y globalizadas. Entonces la distribución de bienes que antes era realizada por una autoridad que gobernaba grupos de un par de decenas de personas, se vio reemplazada evolutivamente por el mercado, que surge de la libre interacción de los individuos logrando un alcance y potencial creador de riqueza y bienestar nunca antes visto. Pero incluso en el caso de tribus primitivas es discutible que haya existido una distribución «justa» de los alimentos y demás bienes de subsistencia, pues nada impedía al jefe tribal benefi ciar a unos más que a otros.  

La justicia social violenta directamente las fuerzas impersonales del mercado y por tanto la libertad. Dado que el mercado no responde a un plan deliberado sino a fuerzas espontáneas que no son organizadas de mane ra consciente, los resultados que este produce solo pueden ser justos. Pero si usted mete la justicia social entre medio, además de la imposibilidad de defi nir lo que es justo y de que tenderá que usar la fuerza para imponerlo, pasa algo peor. Cuando la autoridad tenga que decidir a quién toca qué cosa, ¿a quién cree usted que va a privilegiar? Pues obviamente a aquellos grupos de interés lo sufi cientemente poderosos como para asegurarle su permanencia en el poder. ¿O vamos a creer en la infi nita sabiduría, bondad e imparcialidad de políticos y burócratas? Los gobiernos tienden a satisfacer, es cudados en el slogan de la justicia social, a grupos de interés en perjuicio del resto de la sociedad Así, este proceso transformador del orden social inspirado en el espejismo de la justicia social está lejos de lograr lo que cabría esperar: «El pueblo, en la seguridad de que cabe alcanzar algo parecido a la justicia social, ha otorgado a los gobiernos poderes que estos no pueden negarse a utilizar en la satisfacción de las aspiraciones de un número siempre creciente de intereses particulares que, a su vez, han aprendido a utilizar el sésamo de la justicia social».

De este modo vemos cómo el concepto de «justicia social» y las pretensiones del socialismo, de una parte carecen de signifi cado en sociedades modernas en que la distribución de bienes es consecuencia de las transacciones de millones de personas actuando libremente, y de otra, sirven para incrementar el poder de los gobiernos y de grupos de interés en perjuicio del resto de los miembros de una sociedad. 

Otro caso emblemático del uso de palabras como arma política ha ocurrido con el concepto «capitalismo». Según Hayek, este solo fue equiparado con la antítesis del socialismo a partir de 1902, año en que se publicó la revolucionaria obra de Werner Sombart Der Moderne Kapitalismus. En ella el concepto se identifi có por primera vez con los intereses de los poseedores del capital supuestamente contrarios a los del proletariado. Se incorporó así en un solo concepto la idea de lucha de clases. Esta tergiversación del término capitalismo fue nefasta, levantando una profunda animadversión entre quienes eran en realidad sus principales benefi ciarios, a saber, los pertenecientes al proletariado. La idea del antagonismo esencial de intereses, carente de todo fundamento, prendió y se generalizó en el mundo con tal potencia que, aun después de la Guerra Fría, en pleno siglo XXI, el término mantiene una universal connotación de inmoralidad a pesar de su rotundo éxito en mejorar las condiciones de vida de las masas, particularmente de los más pobres. 

Esto nos lleva de regreso a la forma en que opera el lenguaje en nuestra representación y juicios sobre la realidad. Recapitulemos el proceso: una vez incorporado como categoría de representación de la realidad, la carga semántica del concepto «capitalismo», es decir, las ideas comprendidas en él, hacen su trabajo contribuyendo a defi nir en una determinada dirección la interpretación de la realidad de quienes lo han incorporado; en este caso, de los proletarios. 

Utilicemos una imagen del politólogo italiano Giovani Sartori para explicar el fenómeno que venimos describiendo. Dice Sartori, dejando en evidencia la táctica progresista que relataba Althusser y que sin duda resulta ampliamente aplicable a las manipulaciones ideológicas del lenguaje:
El marxismo es como un par de gafas, o mejor aún, como unos anteojos: hace ver el mundo tal y como lo fi ltran sus a priori. Y el hecho es que las gafas marxistas viajan junto a la terminología marxista con el vocabulario del marxismo. Mientras sigamos diciendo, por ejemplo, democracia «capitalista», la democracia será entendida, y mal entendida como un sistema de dominio económico y no como una estructura política. Del mismo modo, mientras sigamos diciendo democracia «burguesa», continuaremos viendo por todos lados cla ses y siniestros intereses de clase, y no veremos to das las demás cosas que comporta la democracia. Y así indefinidamente.
Difícilmente puede explicarse de manera más clara cómo las ideas que defi nen nuestras representaciones mentales pueden desfi gurar la percepción que tenemos de la realidad. Las ideas y los conceptos que las comprenden funcionan como gafas que pueden ser más o menos ajustadas a la verdad. Esto conlleva el riesgo de que aun cuando la realidad indique una cosa, la interpretación a través de las ideas instaladas puede oponerse absolutamente a ella generando consecuencias transformadoras desastrosas. 

Libertad económica: un caso humanitario

El siguiente articulo que compartiré es obra de Antony Davies publicado en el sitio web Learn Liberty, puedes acceder a la publicación original aquí.

Sin libertad económica, no podemos ejercer nuestras otras libertades. La libertad de hablar no tiene sentido si el gobierno nos impide viajar desde nuestros hogares o pagar una llamada telefónica. La libertad de escribir no tiene sentido si el gobierno nos impide vender periódicos. La libertad de adorar no tiene sentido si el gobierno nos obliga a comportarnos inmoralmente. Las violaciones de las libertades de expresión, prensa y religión son la razón por la que nos resistimos al gobierno. Pero la violación de la libertad económica es a lo que nos resistimos.

Los datos lo confirman. En sus índices de Libertad Económica de América del Norte y Libertad Económica del Mundo , el Instituto Fraser califica a las sociedades sobre la libertad económica de acuerdo con el tamaño de sus gobiernos (según lo medido por el gasto y las transferencias del gobierno, y la prevalencia de las empresas propiedad del gobierno), el grado de tributación (medido por los ingresos tributarios, la tasa de ingreso impositivo marginal más alto y otros impuestos) y restricciones del mercado laboral (medido por la legislación de salario mínimo y la prevalencia de trabajadores empleados por el gobierno).

Fraser no considera el ingreso familiar, el desempleo, la pobreza, la desigualdad ni ninguna otra medida ambiental o social cuando califica a las sociedades por su libertad económica. La referencia cruzada de los datos de Fraser con estos resultados socioeconómicos es reveladora.

Considere los Estados Unidos. En cada año, de 1987 a 2009, los 25 estados de EE. UU. Que obtuvieron puntajes superiores a la mediana en el índice de libertad económica también exhibieron un mayor ingreso per cápita que los 25 estados de EE. UU.




Los 25 estados económicamente más libres también experimentaron una tasa de desempleo más baja que los 25 estados menos económicamente libres.

También experimentaron tasas de pobreza más bajas. De hecho, si los estados menos libres hubieran tenido las mismas tasas de desempleo que los estados más libres, habría habido 5 millones menos de estadounidenses viviendo en la pobreza.
Ciertamente, la libertad económica debe tener un precio. Los defensores de las economías controladas argumentarán que el precio es desigualdad. Sin embargo, los datos sugieren lo contrario. La comparación de los datos disponibles de la Oficina del Censo con la libertad económica revela que los estados que son más libres económicamente en realidad experimentaron niveles más bajos de desigualdad de ingresos que los estados que son menos libres económicamente. [Una posible excepción parece ser 2009. Sin embargo, la diferencia en 2009 no es estadísticamente significativa (las otras diferencias sí lo son), y 2009 fue atípico en que fue el apogeo de la Gran Recesión.]

Las personas mismas parecen darse cuenta de que la vida es mejor en estados económicamente más libres porque los datos de migración muestran un éxodo claro de personas de estados menos libres a estados más libres.
Un argumento en contra razonable es que la libertad podría funcionar para los estadounidenses, pero eso se debe a que los estadounidenses tienden a estar atípicamente obsesionados con hacer lo que quieran. Una comparación de los resultados socioeconómicos con el índice de Libertad Económica del Mundo de Fraser es reveladora. 
Entre los 79 países informantes, aquellos que son más libres económicamente disfrutan de tasas de pobreza más bajas.

Por supuesto, esto probablemente se deba al "efecto de país rico". Es decir, los países ricos tienden a ser más libres económicamente y también tienen mayores ingresos con los que pueden proporcionar infraestructura social y económica para combatir la pobreza. Sin embargo, el mismo patrón aparece cuando restringimos nuestra visión a los 25 países más pobres. Los países pobres económicamente libres tienen tasas de pobreza más bajas que los países pobres económicamente libres.
Curiosamente, el fenómeno de la desigualdad también aparece a nivel de país. Entre los 123 países informantes, aquellos que son más libres económicamente exhiben menos desigualdad de ingresos que aquellos que son menos libres económicamente.

¿Por qué esto sería así? Con la libertad económica viene la capacidad de obtener ganancias de los talentos y circunstancias, y algunas personas nacen con más talentos y mejores circunstancias que otras. Entonces, ciertamente, la libertad económica debería generar desigualdad. Si bien es cierto, los datos sugieren que los mecanismos que utilizan los gobiernos para reducir la desigualdad en realidad promueven más desigualdad de la que corrigen. En otras palabras, la libertad económica puede generar desigualdad, pero genera menos desigualdad de la que surge cuando los gobiernos intentan restringir la libertad económica.
Para los 75 países informantes, las tasas de trabajo infantil son más bajas entre las que son más libres económicamente.

Nuevamente, esto podría ser simplemente el efecto de país rico. Los países ricos tienden a ser económicamente libres, y los países ricos pueden permitirse el lujo de proteger a sus hijos instituyendo leyes de trabajo infantil. De hecho, los países ricos pueden beneficiarse del trabajo infantil en otros países al importar bienes más baratos que se fabrican en países que no tienen leyes de trabajo infantil. Sin embargo, si observamos los 26 países más pobres que reportan, encontramos el mismo resultado. Aunque las tasas de trabajo infantil son increíblemente altas, son más bajas entre los países pobres económicamente libres que entre los países pobres económicamente libres.

Entonces, ¿qué es peor con la libertad económica? No es contaminación del aire.

Y no la deforestación.

Por supuesto, esta podría ser otra instancia del efecto país rico. Los países ricos pueden permitirse el lujo de preservar sus bosques mientras compran productos de países pobres que no tienen más remedio que cortar sus árboles. Si bien tendemos a ver la deforestación en todos los ámbitos de los países pobres, los países pobres que son económicamente libres experimentan una deforestación significativamente menor que los países pobres que no son económicamente libres.

Los países económicamente más libres no solo disfrutan de economías y entornos más saludables, sino que también son más pacíficos. Los países que, según Fraser, son más libres económicamente también son, según el Instituto de Economía y Paz, más pacíficos.

La evidencia de los beneficios de la libertad económica no solo se muestra a nivel nacional y estatal. También aparece a nivel de la ciudad. Las ciudades de EE. UU. (Áreas estadísticas metropolitanas) que son más libres económicamente sufren menos desempleo.

Disfrutan de ingresos familiares medios más altos.

Y sufren menos pobreza.
Un argumento en contra razonable es que la correlación no es causalidad y todo lo que hemos visto aquí es que la libertad económica se correlaciona con buenos resultados. Si bien es cierto que la correlación no implica causalidad, también es cierto que la ausencia de correlación sí implica la ausencia de causalidad. En ninguna parte aquí hemos visto evidencia de que la libertad económica se correlaciona con malos resultados. Por lo tanto, podemos concluir, a la espera de más pruebas, que la libertad económica no causa malos resultados.
Lo que sí sabemos es que en todos los países, estados, ciudades y tiempo, los datos cuentan una historia consistente y convincente. Las sociedades que son económicamente más libres también son socioeconómicamente más saludables.

Monday, November 25, 2019

"Eso no era socialismo real": una mejor manera de responder a la afirmación

El siguiente articulo que compartiré es obra de Hugo Newman publicado en el sitio web FEE, puedes acceder a la publicación original aquí.

Es una escena familiar. Un socialista y un crítico del socialismo participan en un acalorado debate. El crítico invariablemente plantea lo que el socialista considera una objeción trillada y perezosa: “Bueno, ¿qué pasa con lo que sucedió en la Unión Soviética? ¿O en la China maoísta? Aquellos eran los estados socialistas. ¿Realmente estás respaldando tales sistemas? ¿No prueban que el socialismo no funciona?

El socialista se burla, niega con la cabeza despectivamente y ensaya su propia respuesta trillada:

No. Esos no eran realmente estados socialistas. Eran socialistas solo de nombre. De hecho, fueron cooptados por las fuerzas corruptas desde adentro o comprometidos por las condiciones ambientales y / o económicas desestabilizadoras, o se adelantaron por las fuerzas reaccionarias desde afuera ... o alguna combinación de los tres.
Lo que sucede luego es que el debate desciende a desacuerdos irreconciliables sobre lo que realmente sucedió en Rusia en la década de 1920, afirmaciones empíricas y contrademandas que son prácticamente imposibles de verificar en el acto de una forma u otra, y, finalmente, el debate termina en un callejón sin salida. Ambas partes vuelven a sus antecedentes ideológicos y se van convencidos de que su propia posición no ha sido refutada y que la posición del oponente sigue siendo completamente provisional y poco convincente.

He observado esta refutación socialista innumerables veces (algunos ejemplos aquí , aquí y aquí ), y me parece exasperante. Conozco la dinámica íntimamente porque yo mismo solía ser el socialista en el debate. Cuando un oponente planteaba varios casos históricos de estados nominalmente socialistas, me unía a la línea de resistencia anterior: todos esos eran intentos fallidos, revoluciones imperfectas que se salieron de los rieles por cualquier razón incidental. Al final, todos esos regímenes terminaron como dictaduras totalitarias de una forma u otra, presidiendo, en el mejor de los casos, una economía estancada. Pero el socialismo, mi socialismo, era profundamente democrático, profundamente antiautoritario y profundamente comprometido con el avance económico. Y así, no importa cuántos casos históricos se presenten ante mí, sabía que siempre podría desviarlos al retirarme al refugio seguro de la definición ideal.

Lo encuentro exasperante porque puedo ver ahora, habiéndome convencido por completo de la insostenibilidad del socialismo, cómo y por qué podría haber persistido felizmente en el modo anterior de pensar y "discutir". Y, lo que es más importante, puedo ver cómo y por qué los argumentos habituales contra el socialismo no me convencieron demasiado.

La mayoría de los socialistas son característicamente inconsistentes, incluso hipócritas, en los estándares que implementan implícitamente.
El problema es que la mayoría de las veces, esos argumentos completamente poco convincentes son los que se siguen formulando contra el socialismo. Mi intención en este artículo es presentar una forma de argumento que es mucho más difícil de evadir para el socialista de la manera anterior. Sigue el ejemplo del trabajo del teórico político Jason Brennan en su maravilloso librito ¿Por qué no el capitalismo? Implica un cambio de enfoque del contenido de los argumentos mismos a los estándares argumentativos que los sustentan.

Lo que intentaré demostrar es que la mayoría de los socialistas son característicamente inconsistentes, incluso hipócritas, en los estándares que implementan implícitamente. Para ser consistentes, tendrán que admitir que el socialismo sale de una luz relativamente desfavorable frente a otros modos de organización económica y política. Además, cuando aplican al socialismo los estándares epistémicos básicos que característicamente aceptarían y exigirían en cualquier otro contexto intelectual, deberían encontrar rápidamente que el socialismo es una propuesta muy inestable.

Lo que no funciona, por qué no funciona y por qué eso es importante

En el entorno actual de los intelectuales públicos, el oponente más conspicuo del socialismo revolucionario es sin duda el profesor Jordan B. Peterson, quien no ha ocultado su desdén por el marxismo y su progenie ideológica. No niego que Peterson es una figura impresionante y que algunas de sus críticas a la ideología moderna de izquierda (particularmente sus encarnaciones identitarias más radicales) dieron en el blanco. Sin embargo, hay ciertas líneas de argumento que Peterson revisa una y otra vez en sus conferencias públicas que, me temo decir, tienen pocas posibilidades de influir en cualquier socialista que pueda estar escuchando.

Lo que escucho no es un argumento de derribo, sino más bien una retórica de súplica y mala fe.

Una de esas líneas de argumentación es la siguiente: cuando un marxista o un socialista que se enfrenta al historial humanitario de la Unión Soviética dice: "Bueno, eso no fue socialismo real ", lo que realmente dicen es: "Bueno, si yo hubiera estado a cargo en lugar de Stalin, entonces habría marcó el comienzo de la utopía socialista, porque yo realmente sé qué es el socialismo y cómo debe implementarse “.

Cuando escucho esto, no escucho a alguien que ya está convencido de los errores del socialismo. En cambio, trato de imaginarme otra vez como ese joven socialista serio. Y lo que escucho no es un argumento de derribo, sino más bien una retórica de mendicidad y petición de preguntas.

Pienso para mí:
Bueno, ese es un argumento terrible, ¡porque el punto es que el socialismo impide incluso que haya un Stalin en primer lugar! No me gustaría estar "a cargo" de la revolución en lugar de Stalin o Mao o quien sea. ¡Y ningún socialista digno de la atribución lo haría! El punto es que ninguna persona debería estar a cargo, ya que toda la toma de decisiones políticas y económicas debe ser transferida al veredicto mayoritario del proletariado, a los trabajadores que controlan democráticamente todas las industrias. Cualquier representante que presida los consejos centralizados debe rendir cuentas de inmediato ante sus constituyentes industriales. Entonces no Cuando digo: "Eso no fue socialismo real", no estoy diciendo que quisiera ser benignoStalin ¡Estoy diciendo que el hecho mismo de que hubo un Stalin en primer lugar es una prueba suficiente de que no era un socialismo real!
Esta refutación es la que ocurrirá casi de inmediato a cualquier socialista sincero. Es muy poco probable que la estrategia de Peterson, entretenida como es para aquellos de nosotros que ya estamos convencidos de los fracasos del socialismo, tenga éxito en cambiar la opinión de alguien. 

Y esto no es trivial. Peterson es, con razón, considerado un oponente intelectual formidable. Si los socialistas revolucionarios entonces ven que un hombre que se dice que es uno de sus críticos públicos más capaces, en última instancia, se basa en una línea de argumento tan poco convincente, es aún más probable que salgan pensando que su ideología está en un terreno muy firme. Después de todo, en el espíritu de John Stuart Mill , razonarán que si su ideología puede resistir el ataque crítico de un hombre que supuestamente es uno de sus críticos más contundentes, entonces pueden estar más seguros de que su visión del mundo sigue siendo buena. posición intelectual

El socialismo conserva un escondite justo que lo convierte en una propuesta atractiva para cada nueva generación de idealistas políticos. Si queremos liberar a los socialistas de su fe en la inevitable marcha histórica hacia el socialismo, debemos hacerlo mucho mejor que acusarlos de querer ser Stalins benignos.

Qué representa una mejor oportunidad de trabajo y por qué

Volvamos a la refutación socialista que bosquejé en el párrafo inicial. El núcleo de esta refutación es la afirmación de que ninguno de los casos históricos presentados contra los socialistas como supuestos contraejemplos son, de hecho, instancias del socialismo, sino más bien intentos abortivos de su realización en el mundo real. La clave para presentar un caso convincente contra el socialista es alejarse del debate empírico y centrar la atención en los estándares argumentativos implícitos en la respuesta inicial del socialista, y volverlos contra él.

Una buena manera de hacerlo es imitar la propia estrategia del socialista y centrarse en la respuesta. Considere la siguiente respuesta:

De acuerdo, estoy dispuesto a conceder, en aras de la argumentación, que todos los casos históricos de estados socialistas o comunistas de nombre, entre ellos, la Unión Soviética, la China maoísta, Alemania Oriental, Corea del Norte, Cuba, Yugoslavia, Venezuela, Camboya y Etiopía, por nombrar solo algunos, no eran, en esencia, estados socialistas. En el mejor de los casos, fueron intentos fallidos y fallidos de implementar el socialismo. 
Ahora considere la siguiente lista de países: Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Nueva Zelanda, Suiza, Hong Kong, Australia, Irlanda, Chile, Islandia, Dinamarca, Suecia, Países Bajos (todos estos son países tomados de los 20 principales la mayoría de los países económicamente libres según el Índice de Libertad Económica 2018 de la Fundación Heritage, los Estados Unidos, por cierto, llegando a los 18 años, detrás de varios de los tan preciados estados "socialistas" escandinavos). Todos estos países ciertamente manifiestan sus propios defectos y fallas internas que los socialistas están muy felices de publicitar y criticar y luego se ponen a los pies del capitalismo o del nebuloso "neoliberalismo".
Pero mantendría (no sin razón) que ninguno de estos países es realmente capitalista en el sentido ideal. De hecho, todos son una mezcla de intervención estatal y mercados imperfectamente liberales. Ahora, si eso es cierto, entonces yo también debería tener derecho a descartar de inmediato todas y cada una de las críticas que se me presenten en función del historial empírico de cualquiera de los estados "capitalistas" mencionados anteriormente. Tengo el mismo derecho, según los estándares argumentativos del socialista, a insistir en que estos no son realmente países capitalistas. Y así, el capitalismo no está más "desacreditado" por estos casos solo en nombre que el socialismo es por su propia lista de casos solo en nombre.
    
La mayoría de los socialistas, por supuesto, no se sentirán impresionados por esta respuesta a primera vista. El problema es que no está claro cómo pueden rechazar sistemáticamente esta línea de argumento sin socavar simultáneamente su propia refutación original. Se podría decir, por ejemplo: “Bueno, sí, ninguno de esos países es totalmente capitalista, sino que se manifiestan algunos elementos del capitalismo. Y cualesquiera resultados subóptimos que se puedan atribuir a esos elementos capitalistas ".
Pero el problema con esa respuesta es que no está claro por qué no puedo presentar el caso correspondiente en contra de la lista de estados socialistas solo de nombre. El socialista podría insistir en que esos países no manifestaron absolutamente ningún elemento del socialismo. Pero es una línea muy inverosímil, aunque solo sea por el hecho de que en varios (¿la mayoría?) De esos casos históricos, muchos socialistas de principios cantaron fácilmente las alabanzas de los elementos de esos estados socialistas, especialmente en sus primeras etapas. Venezuela es el caso más reciente en este punto. Duplicar e insistir en que nunca manifestaron ninguna característica socialista requeriría una forma extrema de doble pensamiento retrospectivo o ceguera histórica deliberada.
Ambos podemos seguir ese camino, pero el precio que el socialista debe pagar por hacerlo es que su propio caso parecerá igualmente poco convincente.
Podrían tratar de evadir esta acusación intentando otra táctica, insistiendo en que incluso si hubiera elementos socialistas, los malos resultados pueden atribuirse razonablemente a los elementos no socialistas. Pero eso abre la puerta a mi dicho, por el contrario, de que los malos resultados de las sociedades capitalistas de solo nombre pueden atribuirse a los elementos no capitalistas. Ambos podemos seguir ese camino, pero el precio que el socialista debe pagar por hacerlo es que su propio caso parecerá tan poco convincente como ven el caso capitalista correspondiente. Ambos tendrán un tono especial para cualquier observador imparcial, y con razón.
Ideal, real y estándares de evidencia
¿Hay otra línea que el socialista pueda tomar? Por lo que puedo ver, la única alternativa es retirarse a las alturas del socialismo "ideal". El socialista podría conceder que, sí, los casos históricos manifestaron algunos elementos del socialismo. Sin embargo, no eran completamente socialistas. El socialismo completo sería puramente democrático, no manifestaría elementos de dictadura o fuerza centralizada, y sería económicamente dinámico. Este tipo de sociedad, en la que cada persona participa en el control democrático de la economía, sería altamente deseable. Es, para la mente socialista, claramente superior al capitalismo.
Comparar el socialismo ideal con el capitalismo real es inclinar injustificadamente la balanza a favor del socialismo.
¿Pero superior a qué capitalismo? Aquí es donde las cosas se vuelven incómodas nuevamente para el socialista. Él podría decir: “¡Bueno, solo mira a tu alrededor! ¡Mira la desigualdad y el sufrimiento que prevalece en todas estas sociedades capitalistas! ¿No es evidente que son moral y económicamente inferiores al socialismo?"
Bueno, sí, ciertamente son inferiores a la descripción ideal del socialista de trabajadores felices que controlan efectivamente toda la economía y se aseguran de que todos reciban una parte equitativa de los recursos y necesidades ... ¿Pero es esta la comparación adecuada? Como Jason Brennan señala acertadamente en Why Not Capitalism? , esta no es una comparación particularmente útil o informativa. Tampoco es intelectualmente honesto.
La comparación relevante es ya sea : el socialismo con el capitalismo ideales; o socialismo real con capitalismo real. Comparar el socialismo ideal con el capitalismo real es inclinar injustificadamente la balanza a favor del socialismo. Además, invita a la pregunta de por qué no puedo, por la misma razón, comparar el capitalismo ideal con el socialismo real y concluir sobre esa base que el capitalismo es claramente el sistema económico superior tout court .
Y es aquí donde el caso del socialista comienza a desmoronarse bajo el peso de la evidencia.
No voy a asumir la tarea de elaborar aquí la comparación ideal versus ideal. Jason Brennan ya ha hecho un excelente trabajo al presentar el argumento moral contra el socialismo ideal frente al capitalismo ideal en el libro mencionado anteriormente (también expongo el caso económico y político contra algo como el socialismo ideal aquí con más detalle ). Quiero terminar considerando la comparación real versus real. Nuevamente, es importante enfatizar que si el socialista va a ser razonable y no recurrirá a dobles raseros indefendibles, entonces tendrá que optar por una comparación u otra y no vacilar entre los dos. Y es aquí donde el caso del socialista comienza a desmoronarse bajo el peso de la evidencia.
Con fines ilustrativos, volvamos nuevamente al análogo capitalista de la refutación socialista original. Un socialista viene a mí y me presenta una lista de sociedades capitalistas en el mundo real, señalando varios resultados subóptimos moral o económicamente en estos países. Me burlo y pongo los ojos en blanco e insisto en que ninguno de estos son realmente países capitalistas, por lo que estos problemas no pueden atribuirse justamente al capitalismo per se. El socialista hace una pausa, reflexiona y finalmente pregunta:
Bueno, ¿qué se necesitaría para que realmente cambiaras de opinión? ¿Qué contaría, en principio, como evidencia contra el capitalismo? Si te presentara cien casos más de intentos del mundo real contra el capitalismo en los que ocurrieron los mismos tipos de problemas y malos resultados, ¿finalmente admitirías que el capitalismo simplemente no funciona? ¿O simplemente repetirías el mismo viejo estribillo de que ninguna de esas sociedades era realmente capitalista?

Me tomo un momento y finalmente concluyo que a menos que esos casos del mundo real se ajusten a mi concepción del capitalismo ideal y luego manifiesten los malos resultados, entonces el capitalismo permanecería sin ser cuestionado a mis ojos.

Me arriesgo a que el socialista encuentre este tipo de actitud altamente antiintelectual, dogmático y poco científico. Y con buen motivo. En esas circunstancias, el capitalismo se convertiría esencialmente en una teoría infalificable, un artículo de fe ideológica impermeable a la evidencia.

Desafortunadamente, este es precisamente el tipo de actitud típicamente manifestada por el socialista. Pero es aún peor para el socialista. La razón de esto es que si nos atenemos a la comparación real versus real y nos adherimos a los mismos estándares empíricos en todos los ámbitos, los casos de socialismo en el mundo real invariablemente son mucho peores. Con respecto a los resultados de salud, los resultados nutricionales, las violaciones de los derechos humanos, las tasas de mortalidad infantil, la corrupción, la esperanza de vida y el PIB per cápita en términos reales, los registros de las versiones imperfectas del mundo real palidecen en comparación con su realidad. contrapartes capitalistas mundiales.

Desde alrededor de 1800, en los países que históricamente se han aproximado más a las economías capitalistas, el PIB real per cápita ha aumentado en un factor de casi 30 (¡eso es el 2,900 por ciento!). Esto no quiere decir que se trata de sociedades perfectas , ni mucho menos. Pero por cualquier medida razonable, y ciertamente por estándares históricos, han sido un éxito sorprendente. En las aproximaciones más antiguas del mundo real al socialismo, por contraste, los mejores escenarios han sido el estancamiento económico, pero más típicamente, la ruina económica. Hablando comparativamente, ahora es el socialista quien debe soportar la carga de la prueba y confrontar la pregunta:
Dado que los países socialistas del mundo real manifiestan consistentemente peores resultados humanitarios que los países capitalistas del mundo real (imperfectos como estos últimos) y manifiestan el mismo patrón de fallas en cada caso, qué tipo o cantidad de evidencia se necesitaría para que usted finalmente dé tu socialismo?
Permítanme concluir planteando el desafío de una manera ligeramente diferente: ¿es realmente más plausible mantener que las fallas similares en cada intento del socialismo en el mundo real fueron el resultado de factores diferentes e incidentales que descarrilaron estos experimentos socialistas una y otra vez? ? ¿Que cada uno de estos movimientos y líderes socialistas, todos los cuales parecían tan sinceros y genuinamente comprometidos con el socialismo desde el principio, se descarriló porque esos movimientos y líderes simplemente no podían hacerlo bien cada vez por diferentes razones? ¿No es una explicación mucho más parsimoniosa y plausible que el patrón repetido de fracaso económico relativo, ese mismo patrón de fracaso que se manifestó en contextos socioculturales muy diversos, se debió a los defectos inherentes del socialismo en el mundo real?
Mi conjetura es que si se invirtieran los roles, el socialista concluiría que el apologista capitalista estaba burlando los estándares intelectuales básicos al apegarse a su ideología a pesar de la evidencia. Desafortunadamente para el socialista, en el mundo de la vida real, los sistemas de verrugas y todo económico, es el socialismo el que se derrumba bajo esa carga probatoria e intelectual.