Saturday, December 21, 2019

Las salvajadas económicas de Velasco

El siguiente texto que compartiré es obra de Aldo Mariátegui, extraido de su libro El Octavo Ensayo.


De entre todas las barrabasadas que hizo Velasco, la reforma agraria (promulgada por el Decreto Legislativo 17716 del 24 de junio de 1969, día que pasó a llamarse del Día del Indio al Día del Campesino) fue la que causó más daño con diferencia, pues arrasó por décadas a este sector y nos dejó como herencia un campo absurdamente atomizado en minifundios, donde el 90% de predios tiene menos de diez hectáreas. 

Para este fin, Velasco tuvo que pasar al retiro al cuerdo general José Benavides (hijo del mariscal y expresidente Osear R. Benavides), el titular de la cartera de Agricultura, que se oponía a una reforma tan radical. 

Los generales Jorge Barandiarán Pagador, Enrique Valdez Ángulo, Rafael Hoyos Rubio y Enrique Gallegos Venero lo sucedieron en el cargo y fueron quienes finalmente implementaron la reforma con celo revolucionario, aunque Barandiarán fue sorpresivamente relevado en 1971 por un choque personal con Velasco. 

Fue la reforma agraria más radical de América tras la cubana, y trajo como consecuencia un retroceso astronómico en el agro por las caídas en la producción (el sector solo creció 1,3% de 1968 a 1980; de 1974 a ese año final solo se expandió un minúsculo 0,4% en promedio), por la fuga masiva de profesionales, por la ya reseñada minifundización en el 90% del campo, por las importaciones de alimentos, por la generación de parasitismo y por las mafias cooperativistas en el mundo azucarero. 

La reforma trajo consigo migraciones masivas a las ciudades, expansión de plagas, retroceso en las exportaciones agrarias, la disolución prepotente de la Sociedad Nacional Agraria (que ya era controlada por los medianos empresarios, como reconoció el mismo Héctor Béjar en 1983), la desaparición por años del agro como fuente tributaria, el empobrecimiento de las provincias, la pérdida de sus élites dirigentes que migraron a Lima, el desplome en la producción vacuna y ovina, etc. 

Al final de la revolución en 1980, el agro representaba el 6% del PBI, mientras que el primer belaundismo lo había dejado en el 8% en 1968: esos dos puntos de caída indican su brutal retracción. 

Todo lo anterior estuvo basado en el robo más escandaloso de la historia del Perú: una expropiación estatal de tierras que hasta ahora no se ha pagado. 
A
quí es justo recordar que Belaunde sembró el atropello de los impagos al cambiar el artículo 29 de la C-33, que obligaba a indemnizar antes al afectado previamente a la expropiación. El belaundismo modificó este artículo para permitir el pago diferido y en dinero a plazos o en bonos de aceptación forzosa. 

Así comenzó el robo. Además, Belaunde promulgó la Ley 15037 de Reforma Agraria, que sujetaba a todos los predios rústicos del país cuando solo debió circunscribirse a la sierra. Sin embargo, bajo el belaundismo se podía acudir al Poder Judicial para discutir la indemnización. Con Velasco eso fue imposible y se recibía «funny money» en forma de bonos. 

No había ninguna necesidad de realizar una reforma agraria en el moderno y productivo agro costeño, donde no existía la servidumbre como en la sierra. Al contrario, los jómales azucareros eran elevados para el campo, y la productividad en algunos cultivos (azúcar, algodón, naranjas) estaba entre las mejores del mundo.

La perversa intencionalidad política basada en el revanchismo de Velasco se desnuda en su decisión inicial de acabar con las tan competitivas 18 empresas azucareras para insertar allí el fracasado modelo cooperativista, que no solo desplomó la producción, sino que creó inmensas mafias de ladrones y parásitos que explotaban a los «golondrinos» (campesinos migrantes temporales), plagas de las que aún no terminamos de salir del todo en algunas azucareras actuales. Solamente Arequipa se libró de la reforma agraria por la combatividad de sus medianos y pequeños agricultores. 

En la sierra sí que urgía acabar con el feudalismo infame y la muy baja productividad. Posiblemente un exigente sistema impositivo hubiese obligado a la fragmentación y a elevar la productividad. O ensayar una parcelación rápida basada en los aparceros vigentes. En todo caso, allí si era necesario tomar medidas redistributivas para llevar a ese agro al siglo XX. 

Lo más irónico de todo, tras la liberalización del mercado de tierras en 1991, es que^froy hemos vuelto al latifundio y en extensiones muchísimos más amplias de las que gozaban los «barones del azúcar» costeños o los terratenientes serranos con la entrada de grandes empresas al negocio agrario tras el fin de la reforma agraria con Fujimori (una de las mejores cosas que este polémico gobernante hizo): el Grupo Gloria hoy posee en total unas 52 mil hectáreas contras las 30 mil hectáreas de la familia Gildemeister en Casa Grande, los latifundistas azucareros más grandes de la época, las 23 mil hectáreas del estadounidense Grupo Grace (Cartavio y Paramonga) y las 21 mil hectáreas de la familia Yzaga (Pucalá). O el Grupo Wong, que actualmente agrupa cerca de 18 mil hectáreas contras las 16 mil de la familia De la Piedra (Pomalca), las 11 mil hectáreas de la familia Pardo (Turnan) o las 7 mil hectáreas de la familia Aspíllaga (Cayaltí). 

Es que la misma lógica económica del cultivo extensivo del azúcar te lleva inexorablemente al latifundio. No es una aglomeración por maldad o codicia, sino que no tienes otra manera de ser competitivo que sembrar caña a escala gigante y luego procesarla masivamente a azúcar en tu mismo ingenio para el mercado interno y la exportación. La satanización de los otrora «barones del azúcar» fue la típica estupidez de los izquierdistas, que no entendían algo tan sencillo. Y esos «barones» pagaban sus impuestos y sus jómales como cualquiera agroexportadora de nuestros días: allí no existían «siervos» o gamonales. Volver cooperativas a las azucareras solo generó caída de producción, rezago tecnológico y mafias de dirigentes que les robaban a los demás cooperativistas, mientras estos a su vez ya no trabajaban y explotaban al «golondrino», el trabajador por temporada que no era cooperativista. Los militares les robaron sus tierras a estas familias propietarias, pues se las quitaron sin pagarles nunca. 

Hoy todos reconocen el fracaso económico de la reforma agraria peruana y del sistema de Sociedades Agrarias de Interés Social (SAIS) y Cooperativas Agrarias de Producción (CAP), con las que se trató de reemplazar a la propiedad privada. Tampoco funcionaron las tesis mariateguistas de que este era el principal problema del país para «redimir» al indio (como ciudadano, lo que lo redimió fueron las migraciones a las ciudades costeñas y la extensión del voto, que hasta alcanzó a los analfabetos) y que las formas socialistas de producción tendrían éxito en el agro, dada la proclividad del indio a estas por los sistemas comunitarios andinos que provenían desde el incanato. 

Estos espejismos románticos probaron ser absolutamente falsos, unas monumentales pajas mentales, como dirían groseramente los españoles. En definitiva, el romántico intelectual urbano de escritorio José Carlos Mariátegui conocía del agro y antropología lo que el lector de este texto de astrofísica y oceanografía. Finalmente, lo que ocurrió fue una atomización extrema de la propiedad, una minifundización masiva en pequeños e improductivos propietarios, que no acceden al crédito ni son casi lucrativos por su mismo ínfimo tamaño. Hemos vuelto jardineros a nuestros agricultores, pues alrededor del 90% de la propiedad agraria tiene menos de diez hectáreas. La reforma agraria velasquista «minifündizó» el agro, no impidió que posteriormente regrese el latifundio (particularmente en el azúcar, así como en la agroexportación en general y en la palma aceitera) y tampoco logró insertar formas socialistas de producción agraria. Un fiasco por donde se le vea. 

El culposo blablablá

Las excusas a las que apelan la izquierda para defender esta hecatombe 
son:
  • La reforma agraria liberó al indio de la servidumbre de los gamonales serranos: ayudó mucho ciertamente, pero fueron la migración, la apertura de caminos y la extensión de la educación pública los factores que llevaron a gran parte del mundo indígena al siglo XX. Y, repito, la reforma agraria no era necesaria en la costa. 
  • Sendero Luminoso hubiese triunfado de no haberse dado la reforma agraria: se trata de una mera especulación contrafáctica, una opinión sin mayor rigor científico.
Es más, posiblemente el derrumbe del viejo orden serrano dejó al campesinado desorientado, sin un paternalismo al cual acudir y sin un nuevo orden preciso que reemplazase al que estaban acostumbrados por siglos. Esto más bien pudo haber ayudado mucho a Sendero Luminoso. El mismo intelectual rojazo Alberto Flores Galindo afirmó, en un conversatorio con otros comunistas en 1983, que ese vacío generado por la reforma agraria de algún modo fue «terreno de fondo» para el desarrollo de Sendero Luminoso. 

En todo caso, Sendero Luminoso apareció en Ayacucho no por los malvados gamonales o los indios socialistoides o la eternamente culpable de todo: la conquista española. Apareció allí solo porque se permitió que en una universidad pública, pagada con nuestros impuestos, trabajasen mediocres y extremistas marxistas catedráticos (algo que aún sucede en nuestras provincias. Ese disparate de la «autonomía universitaria» permite que todavía tengamos gente así enquistada). Esos «maestros» no estaban para enseñar, sino para envenenar las mentes de los estudiantes con su ideología y para poner en marcha sus planes mesiánicos.

De la marginal Universidad de San Cristóbal de Huamanga, que aún tiene un nivel académico ínfimo, fue que nació ese monstruo. No del campesinado, sino de un demente profesor costeño y de una banda de lunáticos cegados por una peregrina doctrina china, que tuvieron la suerte de insurgir en 1980, justo cuando un hombre tan timorato y blando como Belaunde regresaba al poder.

El demagógico eslogan de esta reforma fue la frase: «Campesino, el patrón ya no comerá de tu pobreza», atribuida al rebelde indígena Túpac Amaru II. Parafraseándola, el resultado fue: «Campesino, el militar le robó a tu patrón y el dirigente se tiró la riqueza». 

Cabe finalmente recordar que los civiles que más pesaron en esta reforma fueron el director de reforma agraria Benjamín Samanez Concha — junto a sus funcionarios Lorenzo Tolentino y Manuel García Rosell— y los vocales agrarios Guillermo Figallo Adrianzén y Guillermo García Montúfar, radicales que extendieron todo lo que pudieron el proceso. Y que el coleguita Mirko Lauer trabajó como «afectador» de fundos. Más nombres «ilustres» para el recuerdo... 

Estatizaciones masivas

El velascato estatizó gran parte del sistema financiero (banca y seguros), sea asumiendo entidades quebradas por una pésima gestión (como el Banco Popular y la aseguradora Popular y Porvenir, ambas integrantes del Imperio Prado), como expropiando activos pertenecientes a la banca extranjera (como el Banco Continental, propiedad del Chase Manhattan Bank, y el Banco Internacional, del Chemical Bank de New York y el Grupo Grace). 

También se estatizó o «nacionalizó» todo el sector pesquero en mayo de 1973, mucho del minero (Cerro de Pasco Copper Corporation, Marcona Mining Company), así como compañías petroleras (extranjeras como la IPC en Talara y Ganso Azul-Atlantic Richfield Co. en Pucallpa o nacionales, como El Oriente-Maquía en Contamana, de la familia Gildemeister) y de Telefonía. 

Hablemos un poco más de este último sector: a la ya deficiente y criticada Compañía Peruana de Teléfonos, propiedad de la estadounidense ITT, le sucedió una CPT estatal aún peor a partir de octubre de 1969. La CPT estatal fue, por lejos, el summum de la ineficiencia, corrupción y lentitud en el Perú. La acompañaba la también terrible Entel en provincias. 

En descargo de la ITT, su servicio limeño fue muy malo hasta 1967, en que el Estado la autorizó a cobrar tarifas realistas —el servicio era artificialmente barato— a cambio de duplicar el número de líneas. Sin embargo, llegó una sorpresiva expropiación justo cuando el servicio se había expandido y mejorado radicalmente. 

ITT y el velasquismo acordaron valorar la empresa en 14 millones de dólares, de los cuales cuatro millones de dólares fueron oaeados en dólares en efectivo y el resto con el terreno de la penitenciaría del Panóptico y en soles, a Condición de que se edificara un hotel de la cadena Sheraton allí, lo que efectivamente ocurrió. 

Esta orgía estatista también llegó a los puertos (la estatal Enapu también fue un monumental desastre, donde un trabajador o «punto» le «vendía» su puesto a otro estibador o «repunto», y este a veces hasta a un tercero), a la comercialización de minerales (Mineroperú), pesca, arroz e insumos (Epchap, Ecasa y ENCI, colosales cuevas de ladrones) y al sector eléctrico (pocáS'cosas han funcionado mejor en el Perú que la electricidad limeña en manos de los operadores suizos. ¡Ni hoy en día se ha igualado su eficiencia! Muchos limeños de aquellas épocas ahorraban en los sólidos valores que emitía esa compañía y que pagaban constantes y abundantes retornos). 

De esta manera, el Estado llegó a controlar un tercio del sector empresarial, tres cuartos de las exportaciones, la mitad de las importaciones, dos tercios del crédito bancario, además de un tercio del empleo formal. ¡Petroperú llegó a tener 11 mil empleados cuando no necesitaba más de dos mil! 

Estas estatizaciones generaron descomunales déficits al fisco, dado que su administración se basó en términos políticos y no económicos, a la pésima gestión (porque se nombraba en gerencias y directorios a militares y personas cercanas a Velasco, no a gente capaz) y a la superpoblación de empleados (porque se creyó que una manera de generar empleo formal masivo era sobrecargando de personal a estas empresas). Se ha estimado que las pérdidas acumuladas de las empresas públicas durante toda la dictadura militar fueron de casi 19 mil millones de dólares (valor actualizado al 2006). 

Todo esto se reflejó en una profunda retracción de la inversión privada, que pasó del casi 11% promedio del PBI durante el primer belaundismo hasta el 7% bajo Velasco, mientras que la inversión extranjera cayó en picada: del 21% al 8%. En cambio, la inversión pública llegó al 9% y el sector publicó poco más que se duplicó, hasta llegar al 21% del PBI del 10% que dejó Belaunde.

Un dato relevante: el gasto público en 1974 se disparó en un astronómico 57% en 1974, lo que expandió fuertemente el déficit fiscal y sentó las bases para una sostenida caída del PBI desde 1976 hasta 1979. Por otro lado, los déficits de cuenta corriente estuvieron en alrededor del 9% en promedio en los dos años finales del velascato, falta de dólares que se tapó con más deuda externa.

Es por ese afán estatista que el tristemente célebre Instituto Nacional de Planificación (1NP), fundado en 1962 por la junta militar, creció exponencialmente durante el velascato. Su titular durante la mayor parte de ese periodo fue el ultraestatista general Guillermo Marcó del Pont. También el número de ministerios se disparó de 11 a 17. La planilla estatal aumentó 83% del final del primer belaundismo al estertor del velascato y los empleados públicos pasaron de 197 mil a 359 mil contratados. 

Los déficits generados por las empresas públicas fueron uno de los principales causantes de las eternas altas inflaciones que asolaron nuestra economía desde 1974 hasta bien entrada la década de 1990, cuando se instauró un eficaz sistema de privatizaciones que transfirió a la mayor parte de estas empresas al sector privado. A todo esto se unió una política de mantener los precios por debajo de sus costos, utilizando los subsidios indiscriminados para mantener la popularidad del gobierno.

La comunidad industrial (o de cómo robarte tu propiedad con tus propias ganancias) 

Otro dislate izquierdista que parió el velascato fue la inesperada Comunidad Industrial (Decreto Ley 18384), impulsada por el almirante Jorge El Negro Dellepiane Ocampo (cuentan los memoriosos que Velasco lo eligió como ministro solo por ser físicamente el más moreno de los candidatos que le presentó la Marina). 

Consistía en que el 15% de las utilidades anuales netas de las firmas industriales (con ingresos brutos anuales superiores al millón de soles de entonces) debían ser entregadas a la Comunidad Laboral (una asociación de los trabajadores de cada empresa), para que con este dinero esta fuera adquiriendo acciones de la empresa hasta llegar al 50%) del accionariado total. Así, la Comunidad Industrial se convertiría —gratis para ellos— en copropietaria y cogestora de la empresa al controlar la mitad del directorio, pues contaría con un representante inicial cuando menos en este órgano y también en la junta general de accionistas. 

¡O sea, a uno le compraban forzosamente su empresa hasta la mitad y le clavaban a los trabajadores de socios forzosos con el mismo dinero que generaba SU misma empresa, repartiendo el 25% de lo generado a esos «socios» forzados, sin contar ese otro eterno socio al 30% que es el Estado al pagar impuesto a la renta a la entonces Dirección General de Contribuciones (la. Sunat de ahora)! 

La única manera de posponer esa entrega de utilidades a la Comunidad Laboral era mediante la adquisición de activos o generando gastos para evitar tener ganancias netas. Así se desalentó el uso intensivo de la mano de obra por maquinaria o se gastó en activos innecesarios. En febrero de 1973 se constituyó la Conaci como órgano rector de estos engendros. 

El creador de esta barbaridad fue el economista sanmarquino marxista Virgilio Roel, asesor del atrabiliario ministro Dellepiane. Lamentablemente, su sucesor el almirante Alberto Jiménez de Lucio era más educado pero aún más radical. En mi investigación encontré que tal vez el origen ideológico de este absurdo se originó en una iniciativa de ley de la Democracia Cristiana en 1968, que buscaba «comunitarizar» las empresas. Posiblemente Roel y Dellepiane hayan encontrado ahí «su inspiración».

La estabilidad laboral y la hipersindicalización cegetepista 

El general FAP Pedro Sala Orozco fue el peor ministro de Trabajo en la historia del Perú, de lejos, a pesar de la cantidad de candidato de peso que tenemos (como el democristiano Carlos Blancas). Su asesor principal fue el marxista abogado laboralista Jorge Rendón Vásquez, que sigue escribiendo las mismas tonterías rojas de siempre.
Además de darle una fuerza descomunal en el mundo laboral a la comunista CGTP, al reconocer sistemáticamente cualquier solicitud de nuevo sindicato afiliado a esta central comunista (esto en gran parte con el propósito de debilitar a la CTP aprista), Sala Orozco recogió las nefastas sugerencias de Rendón y así nació el Decreto Ley 18471, promulgado en noviembre de 1970, mediante el cual se introduce la estabilidad laboral absoluta y rígida con una serie de causas taxativas para despedir y la reposición en el puesto de trabajo si estas causas no eran probadas. 

Antes de ese decreto, el despido era libre y flexible, pues no había que alegar causa alguna. Solo bastaba comunicarlo con 90 días de anticipación o, en su defecto, entregar una indemnización equivalente a tres sueldos mensuales. 

El trabajador accedía a esta nueva estabilidad laboral absoluta a los tres meses de laborar en la empresa. Tras ese periodo era muy difícil despedir a alguien. Lo que se generó fue una rotación de trabajadores cada dos meses o la explosión del trabajo informal para evitar ingresos de trabajadores indeseados a la estabilidad laboral. Así, la estabilidad laboral absoluta ahogó la creación de empleo formal y fomentó el «maqumismo» hasta su flexibilización en la década de 1990. 

Otro fenómeno nocivo creado por el velasquismo en el área laboral fue la «hipersindicalización»: de 2.280 sindicatos reconocidos antes del golpe velasquista, se pasaron a unos 4.300, casi todos en la órbita de la CGTP, que experimentó así su apogeo. Las huelgas y las intimidaciones en las empresas desde los sindicatos rojos se multiplicaron y se estaba perdiendo aceleradamente toda disciplina laboral, mientras la CGTP ya se abocaba a preparar «soviets» (consejos obreros comunistas) para controlarlas a futuro. 

Felizmente, el Decreto Supremo 010-77-TR del 21 de julio de 1977 — promulgado como necesaria medicina a los dos días de acaecido el «martes rojo», como el periodista Alfonso Baella apodó a la huelga nacional más acatada y violenta que ha tenido el país— permitió purgar a la gran mayoría de estos gérmenes de soviets comunistas insertados en las empresas al permitir el despido de cinco mil obreros radicalizados por la CGTP.
El asediado dictador Morales Bermúdez tuvo que soportar de la izquierda más de tres mil huelgas y varios paros nacionales, especialmente potentes, en julio de 1977 y en febrero, mayo y junio de 1978. Esta última movilización significó un paro magisterial del Sutep que duró más de tres meses (a estos nunca les interesó que los escolares perdieran clases). 

Otra espada de Damocles: la propiedad social 

La propiedad social fue una idea importada de la Yugoslavia del autócrata comunista Josip Broz Tito. Se trataba de una supuesta nueva forma de empresa, similar al cooperativismo, según la cual todos los trabajadores eran dueños de ella, con una conducción «autogestionaria» común: la asamblea general de accionistas elegía a la dirección. 

El gran impulsor de esta absurda idea fue el asesor marxista Angel de las Casas Grieve, junto al general Arturo Valdez Palacios, Luis Guiulfo Zender y Jaime Llosa Larrabure. De las Casas tuvo rango de ministro desde el denominado Sistema Nacional de Apoyo a las Empresas de Propiedad Social (Sinadeps) que lideraba. 

Un preaviso de lo que se venía en este sentido se dejó adivinar en un discurso del entonces premier Montagne en diciembre de 1968, cuando crípticamente adelantó que el régimen planeaba reformar la empresa privada a favor de los trabajadores. Poco antes, y aún bajo el belaundismo (febrero de 1968), el dirigente democristiano Rafael Cubas Vinatea había lanzado en el Congreso la idea de una «empresa comunitaria». 

Todo este proceso fue asesorado por el economista checo Jaroslav Vanek, el teórico de este intento disparatado de propiedad, que no sé cómo tiene un PhD en Economía del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés). (Bueno, Carlos Delgado Olivera pasó por Comen; Alejandro Toledo, por Stanford; y Jorge González Izquierdo, por la Universidad de Chicago). Otro asesor extranjero fue el economista yugoslavo (después croata) Branko Horvat, ya fallecido. 

Vanek y Horvat, ambos los supuestamente mayores expertos mundiales en este teórico experimento de «democratizar las relaciones productivas en la empresa», estuvieron varias veces en nuestro país desde agosto de 1971 hasta febrero de 1972. Curiosamente, ambos recibieron en Lima el apoyo de César Peñaranda, el ahora ortodoxo economista de la Cámara de Comercio de Lima. Otro colaborador entusiasta de la propiedad social fue el colega César Hildebrandt, que laboró allí, además, como mencioné antes, de dirigir el suplemento cultural Variedades del confiscado diario La Crónica. Al parecer, a este actual pontificador no le incomodó trabajar y recibir un sueldo de una dictadura militar. 

La idea velasquista era que a futuro la propiedad social sería el sector predominante de la economía. Una advertencia que se repetía constantemente señalaba que la propiedad privada quedaría incluso atrás del sector empresarial público. Un primer paso para ello era la implementación de la comunidad laboral, que cortaba la propiedad del inversionista privado por la mitad y con su propio dinero. Ya se imaginarán cómo esa perspectiva futura, junto a la comunidad laboral, el sindicalismo a ultranza y la estabilidad laboral absoluta, desalentó la inversión privada completamente. Por eso, el sector manufacturero solo creció un anémico 3,8% de 1968 a 1980. 

Curiosamente, el posterior canciller fujimorista Femando de Trazegnies estuvo por aquel tiempo muy interesado en la Propiedad Social y enseñaba sobre esta materia en la facultad de Derecho de la PUCP. El es autor del estudio Existe la propiedad social (1973). 

Despilfarras, desorganización y corrupción 

El MEV, tal como el chavismo actual, optó por un manejo izquierdista de la economía, una gestión irreal basada en un bienestar insostenible. Se adoptó a rajatabla durante esos siete años de velasquismo —aunque la versión ligeramente atenuada MEV duró hasta 1992— una política de control de precios, de proteccionismo (no se podía importar nada que no figurase en un Registro Nacional de Manufacturas), de cuotas de importaciones de insumos y de subsidios indiscriminados a los alimentos y combustibles (incluso se bajó el precio de las gasolinas) y desde 1970 se controló rígidamente el precio del dólar con un tipo de cambio fijo irreal: el FMÍ estimaba que el valor real del dólar era de 100 soles, mientras que el cambio oficial promedio más usado (existían los «giros» y «certificados») era de 38,70 soles por dólar. 

Además, la tenencia de dólares estaba penada con siete años de prisión y una multa de diez veces la cantidad incautada. ¡Como si fueran cocaína! El resultado fue que casi no quedaban reservas internacionales netas en 1975 (cayeron de 600 millones de dólares en 1974 a 100 millones de dólares ese año), año final del desgobierno de Velasco. 

Este dólar «aguantado» y la falta de respaldo en dólares del sol generó que al dictador sucesor Morales Bermúdez no le quedara más remedio que devaluar sostenidamente (45 soles por dólar en 1975, 56 soles por dólar en 1976, 84 soles por dólar en 1977, 157 soles por dólar en 1978 y 230 soles por dólar en 1979). 

Desde 1974 se dispararon los déficits comerciales, presionando aún más sobre el valor del dólar frente al sol. El 1974 se tuvieron 1.504 millones de dólares de exportaciones contra 2.029 millones de dólares de importaciones. Al año siguiente, el final de Velasco, fueron 1.290 millones de dólares de exportaciones contra 2.585 millones de dólares en importaciones, brecha ya insostenible. 

También se recurrió a la emisión inorgánica de billetes (Velasco más que cuadruplicó el circulante que heredó), desde un BCR domesticado, para tapar los «huecos» fiscales que estas absurdas políticas generaban, aunque por aquellos tiempos el crédito internacional desde los bancos fue asequible, por lo que la dictadura recurrió al endeudamiento extemo para mantener este esquema de fantasía. 

Se triplicó la deuda externa entre 1968 a 1975. Como consecuencia, el 15% de las exportaciones y el 15% del presupuesto nacional se convirtieron en el 37% de las exportaciones y el 26% del presupuesto nacional. Así, el servicio de la deuda extema pasó a consumir la cuarta parte de los gastos del Estado y se volvió una eterna fuente de problemas con los circuitos financieros internacionales por retrasos e impagos.  

El principal problema de la deuda extema peruana era que en gran parte (49%) estaba tomada con la implacable banca privada (solo el gobierno de Japón los igualaba en dureza para cobrar) y a tasas de interés variables internacionales (que se fueron después a las nubes). 

El gran aumento de la deuda extema peruana se dio por tres hechos: la política de subsidios, un colosal y carísimo programa de rearme (blindados y artillería rusos, reactores rusos y franceses, submarinos alemanes) para atacar a Chile, esa locura de Velasco que finalmente precipitó su caída, y la excesivamente costosa construcción de un oleoducto petrolero desde la selva peruana. 

Otra decisión que desnuda la irresponsabilidad económica velasquista fue la de mantener artificialmente congelados los precios de las gasolinas tras la abrupta subida al triple del precio del barril del petróleo en 1973. Esta alza internacional sucedió como consecuencia de un boicot árabe a Occidente en castigo a su apoyo a Israel en la Guerra del Yom Kippur. Así, un galón de gasolina en 1975 tenía un costo menor que en 1968. 

Como medida desesperada, se ordenó un sistema de usos de autos de acuerdo con calcomanías redondas de colores (azul: no podían circular martes y jueves, roja: no podían circular lunes ni miércoles, blanca: no podía circular los fines de semana), que llevaban la leyenda «Ahorro es progreso». ¡Por supuesto que la medida no sirvió para nada! 

Todo esto significó que el déficit fiscal alcanzase una cifra descomunal de casi el 10% del PBI en 1975, año final del velascato (¡se pasó de 382 millones de soles en rojo en 1969 a los también deficitarios 30.591 millones de soles en 1975!). El aumento ineludible de los precios de los fertilizantes al subir tanto el barril de petróleo debió trasladarse a los productos agrícolas, lo que se impidió a través de subsidios masivos. Postergar el impacto económico en el Perú del inmenso shock del petróleo de 1973 incrementó significativamente el desequilibrio fiscal y cambiarlo. 

El espejismo petrolero de Bischoff 

Al parecer, mucha de la irresponsabilidad fiscal de los militares se debió al convencimiento de que todas las cuentas estatales estarían sobradamente cubiertas con el chorro de petróleo que saldría de la selva. 

Esta creencia se originó porque el consultor alemán y catedrático de la Universidad de Colonia Gerhard Bischoff (1925-2001) les había asegurado que en nuestra Amazonia había tanto petróleo como en Venezuela o, por lo menos, como en Ecuador. Este charlatán teutón les aseguró a los militares que Perú estaría produciendo un millón de barriles diarios de crudo en 1985 y aconsejó que Japón era nuestro mercado natural de exportación de petróleo. 

En 1973 empezó la construcción del costoso oleoducto con financiamiento japonés, alentado por los descubrimientos iniciales en Trompeteros (1971), Pavayacu y Capirona (1972), pozos que milagrosamente dieron petróleo a la primera perforación. Por desconfiar de un supuesto prochilenismo de Brasil, que nos podría bloquear la salida al Atlántico por el río Amazonas, Velasco prefirió la aventura de edificar este complicado ducto —que atravesaba la sierra desde la selva hacia el mar— a seguir sacando el crudo peruano al Atlántico a través de barcazas, una solución mucho más económica. 

Esta obra le significó al Perú el nacimiento de una monumental deuda con el Japón (consorcio Japeco). Incluso se firmó un lesivo contrato para el país, según el cual Velasco aceptó someterse a los tribunales ordinarios nipones, violando nuestra soberanía jurídica. Precisamente, por criticar este acuerdo fueron deportados varios juristas (Vicente Ugarte del Pino, Carlos Balarezo y Gonzalo Ortiz de Zevallos), así como los periodistas Paco Igartua, Juan Zegarra Russo, Guido Chirinos, Mario Castro Arenas, Arturo Salazar Larraín, Enrique Chirinos, Óscar Díaz Bravo, César Martín Barreda y Federico Prieto Celi. 

Lamentablemente, toda esta ilusión petrolera fue nada más que un espejismo y ni siquiera pudimos nunca alcanzar a Ecuador en producción. Por otro lado, el precio del cobre, la más importante exportación peruana, tuvo un inusitado «rally» alcista a mediados de los 70. Los militares esperaron que esos excelentes precios se mantuvieran por años y que además coincidieran con la apertura del yacimiento de Cuajone a fines de la década. Sin embargo, más bien el precio del metal rojo se desplomó en los mercados internacionales por varios años, lo que afectó mucho a nuestra balanza comercial.

 Salvo la firma en 1969 con la Southern Perú para el desarrollo del yacimiento cuprífero de Cuajone, hasta mediados de la década de 1990 no se desarrollaron grandes minas nuevas en el Perú. 

Hablando de comercio exterior, otro craso error del MEV fue la profundización del modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISIS), ideado por el economista argentino de izquierdas Raúl Prebisch y fomentado por la Comisión Económica para América Latina (Cepal). Es cierto que el primer belaundismo empezó a implementar este modelo ISIS en el Perú, pero fue Velasco quien lo adoptó a fondo y se mantuvo casi intacto hasta 1992. 

A grandes rasgos, se afirmaba que la periferia (los países subdesarroliados) solo producía materias primas, que cada vez eran más baratas, para abastecer con ellas al «centro» (los países desarrollados), y con las ganancias comprarles bienes industriales, cada vez más caros, a estos últimos. 

Entonces, los términos de intercambio cada vez eran menos beneficiosos para la «periferia», así que esta tenía que industrializarse. Para ello, debía apelarse al más alto proteccionismo, al control del precio del dólar y a los subsidios (tanto a las industrias como desde el campo a la ciudad) para fomentar una manufactura nacional que abasteciera el mercado interno. Era como la búsqueda de una autarquía industrial, complementada por una mano de obra cara y protegida del despido. El problema es que este esquema creaba una industria local artificial por rentista y nada competitiva, que vendía productos caros y deficientes a la población. No había innovación y se demandaban muchos dólares para suministrar insumos a esta industria local, divisas que el esquema no generaba por haber descuidado las exportaciones. 

Eso a menudo provocaba crisis periódicas de balanza de pagos y comercial, las que se saldaban con abruptas devaluaciones inflacionistas, al menos que se recurriese al endeudamiento extemo (como Velasco y toda Latinoamérica lo hicieron) para mantener este tan artificial modelo. 

Los caros juguetitos letales 

El armamentismo también fue otro factor decisivo en la generación de la deuda externa: llegó a representar la cuarta parte de ella. Dado su revanchismo antichileno y su alejamiento de Estados Unidos como proveedor bélico (distanciamiento que venía desde el primer belaundismo, cuando Estados Unidos absurdamente se negó a vender los irrelevantesyete F-5 al Perú en 1967), Velasco compró al crédito costosos tanques T-55 y artillería rusa, submarinos alemanes y cazabombarderos Mirage (Francia) y MIG (Rusia), entre otros onerosos juguetes letales. Por eso, el Perú quintuplicaba en artillería, cuadruplicaba en tanques, triplicaba en camiones militares y duplicaba en jets a Chile en 1974. Solo había cierta paridad o una ligera ventaja mapochina en la Marina de superficie (tres cruceros en ambos lados, seis destructores sureños versus cuatro peruanos), mientras que el Perú cuadruplicaba a Chile en submarinos operativos (cuatro contra uno). 

Uno de los motivos fundamentales para esta carrera armamentista fue la paranoia del régimen velasquista frente al entorno internacional, que lo había aislado a nivel americano, tanto de las democracias (México, Colombia, Venezuela, Canadá, Costa Rica) como de las dictaduras de derechas (Argentina, Bolivia banzerista, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil) y más aún de Estados Unidos. Velasco solo tenía cercanía a la Cuba de Fidel Castro y al Panamá del populista-nacionalista Ornar Torrijos, pues otros gobernantes de izquierda, como el chileno Allende y el boliviano Torres, habían sido derrocados. 

Entre el régimen de Velasco y la España franquista, la Inglaterra del conservador Heath, la Alemania de Willy Brandt y todo el norte europeo no hubo ningún vínculo. Las relaciones con Francia, salvo para la venta de Mirages, fueron tensas por mucho tiempo, debido a las pruebas nucleares galas en el atolón Mururoa del Pacífico, lo que motivó incluso que Lima rompiese brevemente relaciones con París. 

Solamente la URSS, sus países satélites del Pacto de Varsovia y la Yugoslavia de Tito veían al Perú con buenos ojos, además de varios irrelevantes países asiáticos y africanos. En resumen, el Perú estuvo muy aislado diplomáticamente en aquellos años, hecho profundizado por una hiperproteccionista política comercial y una desafortunada apuesta por un Pacto Andino, aquel ente político-comercial que posteriormente se redefinió como Comunidad Andina de Naciones y que nunca funcionó. 

Según trascendió desde fuentes militares, Velasco tenía pensado atacar al Chile pinochetista (Operación Negro-1) el sábado 6 de setiembre de 1975, al acercarse el centenario de la Guerra del Pacífico (1879). Su idea habría sido recuperar Arica en una guerra relámpago y luego, ya como un victorioso mariscal, entregarle el poder a Tantaleán el 3 de octubre siguiente, duodécimo aniversario del golpe. El impedir tanto esta incierta locura bélica como la llegada de Tantaleán a la presidencia, habría forzado una alianza entre los militares «rojos» (Fernández Maldonado, Leónidas Rodríguez, etc.) e «instirucionalistas» (el grupo de Morales Bermúdez, que no eran ni chicha ni limonada).

Tuesday, November 26, 2019

«Capitalismo» y «justicia social»: dos casos de envenenamiento del lenguaje

El siguiente texto que compartiré es obra de Axel Kaiser, extraido de su libro La Fatal Ignorancia.

Hemos visto que lo más peligroso de las manipulaciones del lenguaje es que estas, al modifi car la forma en que las personas entienden la realidad, son capaces de transformarse en una letal arma política que pone en riesgo el bienestar de las sociedades. Es lo que pasa con el concepto de «justicia social», arma fundamental en el discurso político de izquierda y que en Chile se ha instalado de forma transversal. Veamos cómo opera.

Cuando hablan de justicia social, los progresistas quieren decir una cosa bastante defi nida y clara: redistribuir la riqueza. Ellos asumen que es injusto que haya desigualdad de ingresos y por eso dicen que hay que redistribuir. Aunque a algunos les parezca medianamente razonable a primera vista, la verdad es que esto no resiste el menor análisis. Primero porque es imposible saber dónde está el límite entre lo socialmente justo e injusto. ¿Es injusto que un futbolista que apenas sabe hablar gane quinientas veces más que un profesor de colegio? ¿Le quitamos por la fuerza al futbolista entonces y le damos al profesor? ¿Cuánto sería «justo» quitarle, 10%, 30% o 70%? ¿No será que el futbolista gana lo que gana porque millones de personas, actuando libremente, han decidido ver los partidos de su equipo, comprar sus camisetas, escoger las marcas que este promociona, etc.? Y si el ingreso del futbolista se debe a que millones de personas que ni se conocen entre sí, han decidido libremente reconocer su talento y esfuerzo pagando por la satisfacción que les produce su trabajo de futbolista, ¿se puede realmente decir que es «injusto» lo que gana? Obviamente no.

Llevemos ahora la máxima de la justicia social a nivel humanitario y preguntémonos lo siguiente: ¿es justo que haya países ricos y países pobres? No, va a contestar un progresista, no es justo; por lo tanto, los países ricos tienen que darle dinero a los pobres. Hasta ahí llegan. Pero si usted tiene la oportunidad lleve a un progresista más allá y pregúntele si estaría dispuesto a proponer que Chile destine un tercio de lo que produce para donarlo a Haití. ¿Y por qué no? Al lado de Haití, Chile es un país riquísimo. Si se le exige al rico dentro de Chile que le de al pobre, ¿por qué Haití no le puede exigir a Chile que le dé? ¿Acaso los pobres de allá no merecen justicia social?

Como puede ver, el eslogan de justicia social no tiene sentido, es un concepto vacío. Y lo es porque cuando hablamos de justicia siempre nos referimos a una conducta humana voluntaria. Es justo que yo respete la propiedad de otro y es injusto que otro no respete la mía. Pero no es injusto si un terremoto destruye mi propiedad, de eso ciertamente no puedo culpar a nadie. La justicia es ante todo una entidad moral que pretende orientarnos acer ca de nuestro deber para con los demás. Será injusto el que obre perjudicando a un tercero, pero no puede ser injusto algo que no se sigue de la voluntad humana. En consecuencia, no es injusto que haya personas que nacen con enfermedades o en desventaja económica, por ejemplo, pues en ninguna de esas situaciones ha intervenido la voluntad humana. Aquí llegamos a la esencia del problema: los socialistas intentan hacer parecer que la desigualdad de ingresos es injusta, y como la justicia implica voluntad humana, entonces tiene que haber responsables —los ricos— y víctimas de la injusticia —los pobres—. Teniendo claro lo anterior, ahora se requiere de un juez para que «corrija» la injusticia. La pregunta cae de cajón: ¿Quién es el juez de la justicia social? ¿Quién es el súper iluminado que determinará para to dos cuánto es justo que gane y cuánto que entregue? El gobierno, obviamente. Son los burócratas de turno, siempre tan iluminados y decentes, a quienes toca decidir lo que es justo. De esta forma, es la autoridad la encargada de determinar lo que se considera justo o injusto en cuanto a distribución de bienes y de imponer dicho plan de distribución al resto de los individuos. Esto último plantea un problema adicional que normalmente pasa desapercibido a pesar de su gravedad: en la base de la justicia social se encuentra la coerción, es decir, el uso de la vio lencia. Porque para quitarle a usted y darle a otro el gobierno claramente lo tiene que hacer por la fuerza; si usted no cumple, le pasan multas o lo meten preso. Por lo tanto, no le queda más opción que someterse a los dictados de la autoridad, perdiendo así no solo su dinero y, en consecuencia, el tiempo que invirtió para obtenerlo, sino la posibilidad misma de elegir; es decir, su libertad. 

Lo que los progresistas de izquierda no entienden es que la justicia social o distributiva tenía sentido en pequeñas comunidades primitivas en que los miembros se encontraban completamente subordinados en su actuar al interés común y, por tanto, carecían de toda libertad.

De hecho, como explica Hayek, los impulsos emocionales que hasta hoy nos llevan a considerar injusta una repartición desigual de la riqueza son reminiscencias del período primitivo en que los hombres formaban pequeñas bandas de cazadores recolectores y que distribuían de manera igualitaria el resultado de lo obtenido en las excursiones de caza y recolección. Para lograr esta distribución equitativa había una autoridad, un jefe, que se encargaba de distribuir cubriendo las necesidades de los miembros de la banda. Todo esto, desde luego, dejó progresivamente de existir con el surgimiento de la civilización, la agricultura y el comercio en ciudades cada vez más grandes y globalizadas. Entonces la distribución de bienes que antes era realizada por una autoridad que gobernaba grupos de un par de decenas de personas, se vio reemplazada evolutivamente por el mercado, que surge de la libre interacción de los individuos logrando un alcance y potencial creador de riqueza y bienestar nunca antes visto. Pero incluso en el caso de tribus primitivas es discutible que haya existido una distribución «justa» de los alimentos y demás bienes de subsistencia, pues nada impedía al jefe tribal benefi ciar a unos más que a otros.  

La justicia social violenta directamente las fuerzas impersonales del mercado y por tanto la libertad. Dado que el mercado no responde a un plan deliberado sino a fuerzas espontáneas que no son organizadas de mane ra consciente, los resultados que este produce solo pueden ser justos. Pero si usted mete la justicia social entre medio, además de la imposibilidad de defi nir lo que es justo y de que tenderá que usar la fuerza para imponerlo, pasa algo peor. Cuando la autoridad tenga que decidir a quién toca qué cosa, ¿a quién cree usted que va a privilegiar? Pues obviamente a aquellos grupos de interés lo sufi cientemente poderosos como para asegurarle su permanencia en el poder. ¿O vamos a creer en la infi nita sabiduría, bondad e imparcialidad de políticos y burócratas? Los gobiernos tienden a satisfacer, es cudados en el slogan de la justicia social, a grupos de interés en perjuicio del resto de la sociedad Así, este proceso transformador del orden social inspirado en el espejismo de la justicia social está lejos de lograr lo que cabría esperar: «El pueblo, en la seguridad de que cabe alcanzar algo parecido a la justicia social, ha otorgado a los gobiernos poderes que estos no pueden negarse a utilizar en la satisfacción de las aspiraciones de un número siempre creciente de intereses particulares que, a su vez, han aprendido a utilizar el sésamo de la justicia social».

De este modo vemos cómo el concepto de «justicia social» y las pretensiones del socialismo, de una parte carecen de signifi cado en sociedades modernas en que la distribución de bienes es consecuencia de las transacciones de millones de personas actuando libremente, y de otra, sirven para incrementar el poder de los gobiernos y de grupos de interés en perjuicio del resto de los miembros de una sociedad. 

Otro caso emblemático del uso de palabras como arma política ha ocurrido con el concepto «capitalismo». Según Hayek, este solo fue equiparado con la antítesis del socialismo a partir de 1902, año en que se publicó la revolucionaria obra de Werner Sombart Der Moderne Kapitalismus. En ella el concepto se identifi có por primera vez con los intereses de los poseedores del capital supuestamente contrarios a los del proletariado. Se incorporó así en un solo concepto la idea de lucha de clases. Esta tergiversación del término capitalismo fue nefasta, levantando una profunda animadversión entre quienes eran en realidad sus principales benefi ciarios, a saber, los pertenecientes al proletariado. La idea del antagonismo esencial de intereses, carente de todo fundamento, prendió y se generalizó en el mundo con tal potencia que, aun después de la Guerra Fría, en pleno siglo XXI, el término mantiene una universal connotación de inmoralidad a pesar de su rotundo éxito en mejorar las condiciones de vida de las masas, particularmente de los más pobres. 

Esto nos lleva de regreso a la forma en que opera el lenguaje en nuestra representación y juicios sobre la realidad. Recapitulemos el proceso: una vez incorporado como categoría de representación de la realidad, la carga semántica del concepto «capitalismo», es decir, las ideas comprendidas en él, hacen su trabajo contribuyendo a defi nir en una determinada dirección la interpretación de la realidad de quienes lo han incorporado; en este caso, de los proletarios. 

Utilicemos una imagen del politólogo italiano Giovani Sartori para explicar el fenómeno que venimos describiendo. Dice Sartori, dejando en evidencia la táctica progresista que relataba Althusser y que sin duda resulta ampliamente aplicable a las manipulaciones ideológicas del lenguaje:
El marxismo es como un par de gafas, o mejor aún, como unos anteojos: hace ver el mundo tal y como lo fi ltran sus a priori. Y el hecho es que las gafas marxistas viajan junto a la terminología marxista con el vocabulario del marxismo. Mientras sigamos diciendo, por ejemplo, democracia «capitalista», la democracia será entendida, y mal entendida como un sistema de dominio económico y no como una estructura política. Del mismo modo, mientras sigamos diciendo democracia «burguesa», continuaremos viendo por todos lados cla ses y siniestros intereses de clase, y no veremos to das las demás cosas que comporta la democracia. Y así indefinidamente.
Difícilmente puede explicarse de manera más clara cómo las ideas que defi nen nuestras representaciones mentales pueden desfi gurar la percepción que tenemos de la realidad. Las ideas y los conceptos que las comprenden funcionan como gafas que pueden ser más o menos ajustadas a la verdad. Esto conlleva el riesgo de que aun cuando la realidad indique una cosa, la interpretación a través de las ideas instaladas puede oponerse absolutamente a ella generando consecuencias transformadoras desastrosas. 

Libertad económica: un caso humanitario

El siguiente articulo que compartiré es obra de Antony Davies publicado en el sitio web Learn Liberty, puedes acceder a la publicación original aquí.

Sin libertad económica, no podemos ejercer nuestras otras libertades. La libertad de hablar no tiene sentido si el gobierno nos impide viajar desde nuestros hogares o pagar una llamada telefónica. La libertad de escribir no tiene sentido si el gobierno nos impide vender periódicos. La libertad de adorar no tiene sentido si el gobierno nos obliga a comportarnos inmoralmente. Las violaciones de las libertades de expresión, prensa y religión son la razón por la que nos resistimos al gobierno. Pero la violación de la libertad económica es a lo que nos resistimos.

Los datos lo confirman. En sus índices de Libertad Económica de América del Norte y Libertad Económica del Mundo , el Instituto Fraser califica a las sociedades sobre la libertad económica de acuerdo con el tamaño de sus gobiernos (según lo medido por el gasto y las transferencias del gobierno, y la prevalencia de las empresas propiedad del gobierno), el grado de tributación (medido por los ingresos tributarios, la tasa de ingreso impositivo marginal más alto y otros impuestos) y restricciones del mercado laboral (medido por la legislación de salario mínimo y la prevalencia de trabajadores empleados por el gobierno).

Fraser no considera el ingreso familiar, el desempleo, la pobreza, la desigualdad ni ninguna otra medida ambiental o social cuando califica a las sociedades por su libertad económica. La referencia cruzada de los datos de Fraser con estos resultados socioeconómicos es reveladora.

Considere los Estados Unidos. En cada año, de 1987 a 2009, los 25 estados de EE. UU. Que obtuvieron puntajes superiores a la mediana en el índice de libertad económica también exhibieron un mayor ingreso per cápita que los 25 estados de EE. UU.




Los 25 estados económicamente más libres también experimentaron una tasa de desempleo más baja que los 25 estados menos económicamente libres.

También experimentaron tasas de pobreza más bajas. De hecho, si los estados menos libres hubieran tenido las mismas tasas de desempleo que los estados más libres, habría habido 5 millones menos de estadounidenses viviendo en la pobreza.
Ciertamente, la libertad económica debe tener un precio. Los defensores de las economías controladas argumentarán que el precio es desigualdad. Sin embargo, los datos sugieren lo contrario. La comparación de los datos disponibles de la Oficina del Censo con la libertad económica revela que los estados que son más libres económicamente en realidad experimentaron niveles más bajos de desigualdad de ingresos que los estados que son menos libres económicamente. [Una posible excepción parece ser 2009. Sin embargo, la diferencia en 2009 no es estadísticamente significativa (las otras diferencias sí lo son), y 2009 fue atípico en que fue el apogeo de la Gran Recesión.]

Las personas mismas parecen darse cuenta de que la vida es mejor en estados económicamente más libres porque los datos de migración muestran un éxodo claro de personas de estados menos libres a estados más libres.
Un argumento en contra razonable es que la libertad podría funcionar para los estadounidenses, pero eso se debe a que los estadounidenses tienden a estar atípicamente obsesionados con hacer lo que quieran. Una comparación de los resultados socioeconómicos con el índice de Libertad Económica del Mundo de Fraser es reveladora. 
Entre los 79 países informantes, aquellos que son más libres económicamente disfrutan de tasas de pobreza más bajas.

Por supuesto, esto probablemente se deba al "efecto de país rico". Es decir, los países ricos tienden a ser más libres económicamente y también tienen mayores ingresos con los que pueden proporcionar infraestructura social y económica para combatir la pobreza. Sin embargo, el mismo patrón aparece cuando restringimos nuestra visión a los 25 países más pobres. Los países pobres económicamente libres tienen tasas de pobreza más bajas que los países pobres económicamente libres.
Curiosamente, el fenómeno de la desigualdad también aparece a nivel de país. Entre los 123 países informantes, aquellos que son más libres económicamente exhiben menos desigualdad de ingresos que aquellos que son menos libres económicamente.

¿Por qué esto sería así? Con la libertad económica viene la capacidad de obtener ganancias de los talentos y circunstancias, y algunas personas nacen con más talentos y mejores circunstancias que otras. Entonces, ciertamente, la libertad económica debería generar desigualdad. Si bien es cierto, los datos sugieren que los mecanismos que utilizan los gobiernos para reducir la desigualdad en realidad promueven más desigualdad de la que corrigen. En otras palabras, la libertad económica puede generar desigualdad, pero genera menos desigualdad de la que surge cuando los gobiernos intentan restringir la libertad económica.
Para los 75 países informantes, las tasas de trabajo infantil son más bajas entre las que son más libres económicamente.

Nuevamente, esto podría ser simplemente el efecto de país rico. Los países ricos tienden a ser económicamente libres, y los países ricos pueden permitirse el lujo de proteger a sus hijos instituyendo leyes de trabajo infantil. De hecho, los países ricos pueden beneficiarse del trabajo infantil en otros países al importar bienes más baratos que se fabrican en países que no tienen leyes de trabajo infantil. Sin embargo, si observamos los 26 países más pobres que reportan, encontramos el mismo resultado. Aunque las tasas de trabajo infantil son increíblemente altas, son más bajas entre los países pobres económicamente libres que entre los países pobres económicamente libres.

Entonces, ¿qué es peor con la libertad económica? No es contaminación del aire.

Y no la deforestación.

Por supuesto, esta podría ser otra instancia del efecto país rico. Los países ricos pueden permitirse el lujo de preservar sus bosques mientras compran productos de países pobres que no tienen más remedio que cortar sus árboles. Si bien tendemos a ver la deforestación en todos los ámbitos de los países pobres, los países pobres que son económicamente libres experimentan una deforestación significativamente menor que los países pobres que no son económicamente libres.

Los países económicamente más libres no solo disfrutan de economías y entornos más saludables, sino que también son más pacíficos. Los países que, según Fraser, son más libres económicamente también son, según el Instituto de Economía y Paz, más pacíficos.

La evidencia de los beneficios de la libertad económica no solo se muestra a nivel nacional y estatal. También aparece a nivel de la ciudad. Las ciudades de EE. UU. (Áreas estadísticas metropolitanas) que son más libres económicamente sufren menos desempleo.

Disfrutan de ingresos familiares medios más altos.

Y sufren menos pobreza.
Un argumento en contra razonable es que la correlación no es causalidad y todo lo que hemos visto aquí es que la libertad económica se correlaciona con buenos resultados. Si bien es cierto que la correlación no implica causalidad, también es cierto que la ausencia de correlación sí implica la ausencia de causalidad. En ninguna parte aquí hemos visto evidencia de que la libertad económica se correlaciona con malos resultados. Por lo tanto, podemos concluir, a la espera de más pruebas, que la libertad económica no causa malos resultados.
Lo que sí sabemos es que en todos los países, estados, ciudades y tiempo, los datos cuentan una historia consistente y convincente. Las sociedades que son económicamente más libres también son socioeconómicamente más saludables.